Archive for the ‘Vietnam’ Category

El pueblo de Duong Lam deviene primer monumento nacional

Thursday, January 4th, 2007

El antiguo pueblo de Duong Lam, a unos 60 kilómetros de Hanoi, se convirtió en el primer monumento nacional tras el reconocimiento del Ministerio de Cultura e Información debido a sus abundantes valores históricos y culturales. Duong Lam tiene una historia de unos mil doscientos años con casas de laterita y lodo, materiales que abundan en la zona, de hasta 400 años de existencia.

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Las viviendas con ladrillos ferralíticos son típicas de la antigua arquitectura vietnamita. Hoy día los ladrillos de laterita son poco usados porque la construcción de esa materia requiere técnicas sofisticadas por parte de los obreros y una argamasa especial. Las casas, cuyos techos son curvos, tienen varias habitaciones; las viviendas de los mandarines –antiguos funcionarios feudales- se mantienen intactas con sus techos decorados con dibujos de dragones, unicornios, tortugas y fénixes, animales míticos sagrados por los vietnamitas.

Duong Lam conserva también las características típicas de un antiguo pueblo de este país indochino, con una entrada, árboles de baniano, pozos de agua y gran patio en la casa comunal, donde se reune la comunidad durante las fiestas y actividades de gran importancia. Este villorrio es famoso por ser la tierra natal de los Reyes Phung Hung (761-802 d.n.e) y Ngo Quyen (808-944 d.n.e), quienes lideraron la resistencia vietnamita contra las invasiones de las tropas chinas de las dinastías Sung y Han del sur. En honor a sus contribuciones a la patria, sendos templos fueron levantados en honor a ambos héroes luego de su fallecimiento en Duong Lam.

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La Pagoda de Mia y el Templo de Mong Phu, ubicados en este lugar, son notorios por sus valores culturales e históricos. La primera fue construida en el siglo XVII y restaurada en varias ocasiones; el segundo, levantado en esa misma época, se caracteriza por ser un exponente de la antigua arquitectura vietnamita.

Los arqueólogos descubrieron también en Duong Lam vestigios de la Edad de Bronce en el período de los Reyes de Hung. Además de su importancia histórica y turística, este pueblo es un importante lugar para los estudios sobre la vida comunal y las actividades agrícolas de sus habitantes.

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Las autoridades de la provincia de Ha Tay, donde se encuentra Duong Lam, dedicará 12 millones y medio de dólares hasta 2020 para la conservación de sus valores históricos y culturales.

[Fuente: vnagency.com]

El Nha nhac, música de la corte vietnamita

Saturday, December 30th, 2006

El Nha nhac, literalmente “música elegante”, abarca toda la gama de estilos de música y de baile que se interpretaban en la corte real vietnamita desde el siglo XV hasta la primera mitad del XX. Se solía tocar desde que comenzaban hasta que terminaban las ceremonias rituales organizadas en distintas ocasiones relacionadas con los aniversarios, las fiestas religiosas, las coronaciones, los funerales o las recepciones oficiales.

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Entre los numerosos géneros musicales que se han desarrollado en Viet Nam, sólo el Nha nhac puede preciarse de tener una dimensión nacional y fuertes lazos con las tradiciones de otros países de Asia Oriental. Las representaciones de Nha nhac congregaban a un gran número de músicos, a veces acompañados de cantantes y bailadores, ataviados con suntuosos ropajes de finas telas ricamente engalanadas. Las grandes orquestas, en las que los tambores tenían una función predominante estaban formadas por numerosos tipos de instrumentos de percusión (carillones, gongs, campanas, carracas), así como otros instrumentos de viento y de cuerdas (flautas, caramillos, trompas, cítaras y laúdes). Todos estos músicos debían mantener la concentración al máximo, ya que se les exigía que siguieran minuciosamente cada etapa del ritual.

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El Nha nhac surgió en la época de la dinastía Le (1427-1788) y fue institucionalizado y codificado como música real bajo la dinastía Nguyen (1802-1945), cuando la capital imperial era Hue. Símbolo del poder y de la longevidad de las dinastías, el Nha nhac se convirtió en un elemento fundamental de los rituales cortesanos, cuando se interpretaba acompañando al centenar de ceremonias que se celebraban cada año. Pero su función no se limitaba al acompañamiento musical de los fastos de la corte, sino que también permitía comunicar con los dioses y los reyes y rendirles tributo, además de vincular el pensamiento filosófico y los conceptos de la cosmología vietnamita.

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Los acontecimientos que convulsionaron Viet Nam en el siglo XX –especialmente el derrumbe de la monarquía y varios decenios de guerra– llegaron a amenazar seriamente la supervivencia del Nha nhac. Privada del medio de la corte, esta tradición perdió su función social inicial. Sin embargo, los escasos músicos de corte que aún siguen en vida, se esfuerzan por mantener esta tradición. Algunas formas de Nha nhac han sobrevivido en los rituales populares y en ceremonias religiosas o sirven de fuente de inspiración a la música vietnamita contemporánea.

[Fuente: unesco.org]

Leyenda vietnamita

Friday, December 22nd, 2006

La leyenda de Son Tinh (El Espíritu de la Montaña) y Thuy Tinh (El Espíritu de los Mares)

Había una vez una hermosa princesa llamada Mi Nuong, que era hija del Emperador Hung Vuong, el decimoctavo emperador de la dinastía. Su radiante belleza era reconocida en todo el reino y su fama llegaba incluso a los países vecinos, de modo que muchos pretendientes venían del extranjero a pedir su mano al Emperador. Sin embargo, el Emperador no creía que ninguno de ellos fuera lo suficientemente bueno para su hermosa hija. Él quería que Mi Nuong se casara con alguien realmente distinguido y poderoso. Su madre, la Emperatriz, que estaba muy preocupada por el futuro de Mi Nuong, le dijo: “Ya es tiempo de que contraigas matrimonio, querida. Espero que tu padre encuentre a un hombre apropiado para ti”.

La princesa no pudo ocultar su emoción y felicidad. Sus preciosos ojos se llenaron de lágrimas, y dijo: “Madre, muchas gracias por tu consideración. Depende de ti y de mi padre decidir por mí. Comprendo que debo contraer matrimonio y tener niños como otras mujeres. Creo que mi padre elegirá una persona apropiada”.

Un día aparecieron en la corte dos jóvenes hombres. Uno de ellos era Son Tinh, el Espíritu de la Montaña, y el otro era Thuy Tinh, el Espíritu de los Mares. Ambos eran igualmente apuestos, distinguidos, y poderosos. La diferencia de carácter entre los dos hombres consistía en que, mientras Son Tinh era cortés y callado, Thuy Tinh tenía un temperamento feroz.

Son Tinh hizo una reverencia con la cabeza y le dijo respetuosamente al Emperador: “Mi nombre es Son Tinh. Mi reino comprende todas las montañas, y gobierno sobre todas las criaturas vivas que hay en ellas. Poseo todas las riquezas de la tierra, incluyendo a los hermosos árboles, plantas y flores, puedo invocar a leones y pájaros, puedo hacer que las montañas crezcan hasta el cielo. Deseo casarme con la princesa y prometo traerle felicidad y una vida eterna”.

Thuy Tinh se adelantó, hizo una reverencia con la cabeza y dijo: “Mi nombre es Thuy Tinh, soy el Espíritu de los Mares. Gobierno sobre todas las criaturas que habitan las aguas, me pertenecen los corales, las perlas, y todos los tesoros que hay bajo el mar. Puedo elevar el nivel del agua tan alto como la cima de una montaña, puedo hacer llover y puedo juntar tormentas. Si la princesa me desposa, se convertirá en la Reina del Océano. El más maravilloso mundo submarino y el más magnífico palacio submarino serán suyos”.

El Emperador escuchó atento a los pretendientes, pero se resistía a tomar una decisión porque ambos habían llegado al mismo tiempo y eran igualmente apuestos y poderosos. Así que les dijo: “Mañana, el primero que traiga el regalo de bodas, tendrá la mano de mi hija”. Los pretendientes abandonaron la corte y se apresuraron en volver a sus respectivos reinos con la esperanza de casarse con la princesa.

Thuy Tinh hizo que sus súbditos recogieran las mejores perlas y joyas, y los más exquisitos manjares marinos. Son Tinh ordenó a su pueblo que juntaran los mejores diamantes y las piedras preciosas más finas que encontraran. También eligió las frutas más deliciosas y las flores de fragancia más exquisita sobre la tierra para el Emperador y la Emperatriz.

A la mañana siguiente, Son Tinh y un séquito de cien personas fueron los primeros en llegar a la corte. Traían bandejas llenas de joyas y canastas llenas de mango, uvas, frutillas, rosas, y orquídeas. El Emperador estaba encantado con todos los regalos, y estuvo de acuerdo en permitir a Son Tinh que se casara con su hija. Mi Nuong se despidió del Emperador y la Emperatriz, subió al palanquín, y siguió a Son Tinh hasta su reino en la montaña.

Después de que Son Tinh y Mi Nuong hubieron dejado la corte, llegó Thuy Tinh con su séquito que cargaba bandejas de joyas y perlas, y canastas repletas de comida marina. Pero cuando se enteró que Mi Nuong se había ido con Son Tinh sólo unos minutos antes, se enfureció. Inmediatamente ordenó a sus hombres que persiguieran a Son Tinh y raptaran a Mi Nuong.

El Espíritu de los Mares gritó enardecido y blandió su espada mágica. Entonces, las criaturas del mar se convirtieron en miles de soldados, una lluvia pesada comenzó a caer, y ráfagas de viento soplaron como nunca antes. El nivel del agua creció más y más, hasta que las olas y la marea arrastraron miles de árboles y casas.

Son Tinh, que tenía su propia varita mágica, convirtió a los animales de la montaña en miles de soldados que contraatacaron. Hizo que la montaña creciera más y más, mientras las aguas subían, para mantenerse a salvo. La guerra entre Son Tinh y Thuy Tinh duró varios días. Nadie salió victorioso, y muchas vidas se perdieron. Finalmente, Thuy Tinh y sus hombres cesaron de luchar y se retiraron al mar. De todas formas, el Espíritu de los Mares nunca renunció a la idea de raptar a la princesa, así que cada año junta tormentas y hace crecer las aguas hasta la cima de la montaña donde viven Son Tinh y Mi Nuong. Pero nunca gana la guerra. Cada año, cuando la lucha entre los dos Espíritus se desata de nuevo, la gente y los animales sufren, y las cosechas y propiedades son destruidas.

[Fuente: Revista Seda]

El Dios Gióng

Monday, December 11th, 2006

Durante el reinado del rey Hung vivió una mujer que nunca se casó. Una mañana, cuando amanecía, ella salió a su pequeño jardín y, para su sorpresa, se encontró con una enorme pisada, en el medio de la cual había una semilla de tomate.

“Oh, qué grande que es”, se dijo sorprendida. “Semejante huella puede haber sido dejada sólo por un gigante”.

Eventualmente, su curiosidad sacó lo mejor de ella y, dubitativa, colocó su propio piecito en la enorme pisada para comparar el tamaño. Fue entonces que todo su cuerpo se estremeció al sentir una extraña sensación que la atravesaba en oleadas. Al pasar el tiempo, dio a luz un bebé hermoso, al que llamó Gióng.

Ella lo amaba tiernamente y lo cuidaba muy bien, pero cuando el niño tenía tres años, aún no podía hablar, ni sentarse, ni siquiera rodar hacia los lados.

Fue durante esa época que los ejércitos de Ân invadieron el reino del rey Hung. Los depravados intrusos arrasaron aldeas, masacraron a la gente y saquearon el campo. En vano, los valientes guerreros de la nación se sacrificaron para proteger a su amado país, pero las hordas bárbaras se desparramaron más y más por todo el reino.

El rey envió mensajeros por el campo buscando a alguien que pudiera salvar a su pueblo en esta época de peligros. Uno de ellos, a su debido tiempo, llegó a la aldea donde vivían Gióng y su madre.

Cuando la avejentada mujer se enteró del propósito de la visita del correo del rey, bromeó con su hijo: “Oh, mi amor,” le susurró, “tal vez algún día tú, que eres tan lento para aprender a hablar y a caminar, serás lo suficientemente fuerte para salvarnos de los ejércitos de Ân.”

Para su espanto, el niño se sentó y le habló por primera vez: “Madre, por favor, invita al mensajero a que venga a casa”. Luego volvió a callar.

La mujer se encontraba confundida, pero feliz, y se apresuró a lo de sus vecinos para contarles del milagroso acontecimiento. “¿Qué debo hacer? ¿Qué debo hacer?”, preguntaba nerviosa.

Todos consideraron el suceso de lo más notable, y después de mucho discutir un viejo aldeano aconsejó: “Invita al mensajero a tu casa. Así él sabrá lo que quiere el niño”.

Cuando el mensajero entró en la casa, se quedó pasmado y se enfureció. “¿Qué tontería es esta?”, reclamó. “Este es sólo un niño. ¿Cómo te atreves a hacer perder el tiempo al correo del rey con semejante estupidez? Te juro que…”

“¡Silencio!” Gióng habló de nuevo en un tono severo e imperativo. “Dile al rey que mande a confeccionar una armadura y un casco de hierro que le quepa a un guerrero de diez truong de alto. Dile también que debe mandar a hacer una espada de hierro que muchos soldados no puedan levantar, y para cargar este peso, un caballo de hierro gigante”.

La autoridad de su voz fue tal, y tal era el aura que lo rodeaba, que el mensajero supo que el niño no era cualquier mortal. Así que se apresuró hasta el rey para comunicarle la instrucción divina.

El rey ordenó que se juntara todo el hierro de la citadela y que se construyeran poderosos hornos de herrero. Durante mucho tiempo, los herreros y armeros trabajaron usando toda su fuerza y astucia para crear como nunca antes. Los cielos nocturnos brillaban por las chispas de sus yunques, y el aire se llenaba con el repique de sus grandes martillos sobre el metal. Cuando terminaron, doce hombres fuertes no pudieron levantar la espada, y muchos se necesitaron para llevar todos los armamentos al niño Gióng.

Cuando la madre escuchó que se aproximaba la muchedumbre alborozada se turbó. “La tarea de salvar a este país no es un chiste”, reprochó a su hijo. “La multitud que trae lo que pediste se acerca, pero tú aún eres un niño que no puede caminar”.

Gióng se puso de pie y habló. “No te angusties, querida madre. Todo lo que debes hacer es traer tanta comida como yo pueda comer. Entonces verás un cambio”.

La madre preparó una gran olla de arroz que él comió en un parpadeo. Luego otra, y otra más, hasta que la casa estaba desierta de comida. Mientras comía, él niño crecía más y más, y mientras crecía, los vecinos traían olla tras olla de arroz y mucha fruta, carne, y vegetales, para ayudarlo a crecer aún más.

Gióng habló de nuevo: “Madre, debe tener algo de ropa”.

Los aldeanos trajeron vestidos tejidos y prendas elegantes, pero él crecía tan rápido que tenían que agrandar la ropa una y otra vez.

Cuando los soldados y sirvientes del rey llegaron trayendo su preciada carga, Gióng salió de su casa y levantó los hombros. Ante ellos estaba parado un gigante de diez truong de alto.

“Soy el Hijo del Cielo”, proclamó con voz de trueno.

Vistiendo el macizo casco y la armadura forjada con tanta astucia, tomó la poderosa espada y saltó sobre el grandioso caballo. Instantáneamente, éste se llenó de vida y la tierra tembló ante su bufido. Cuando Gióng le golpeó ligeramente los costados con sus tacos, el corcel se encabritó y exhaló llamas y humo. Con un gran salto pasaron por sobre los aldeanos y los campos para dirigirse hacia los ejércitos de Ân.

En poco tiempo ya se encontraban entre el enemigo en su campamento del bosque. Poderosos eran los golpes de la hoja de Gióng, que centelleaba como relámpagos, asesinando a sus adversarios por manadas. Golpeó una y otra vez, y su terrible caballo exhalaba fuego sobre las tiendas y chozas de los Ân, convirtiéndolas en piras resplandecientes. Un gran miedo había en los corazones de los bárbaros.

El general Ân incitaba a más y más hombres a entrar en la pelea, pero con cada nueva oleada que se acercaba, Gióng se volvía más fuerte.

Tan seguidos y poderosos eran sus golpes, que incluso una hoja forjada por los más grandes herreros del país no podía resistir. El glorioso acero se quebró por la empuñadura. Sin pausa, Gióng arrancó un macizo bambú de la tierra y atacó a sus adversarios aún con más furia.

Se les quebró el espíritu y huyeron. El vengativo Gióng los persiguió hasta que hubo asesinado al general y los pocos restantes se hubieron humillado ante él. En medio día Gióng había conquistado a los invasores.

Cuando concluyó su tarea, el dios guió a su caballo a las montañas Soc. Ahí puso la armadura de hierro y el gran casco de guerra a un lado, y golpeando suavemente sus tacos contra los costados del feroz corcel, voló hacia los cielos.

Hoy, rastros de las marcas de los cascos de la maravillosa bestia permanecen como estanques en las aldeas de Kim Ang y Da Phúc, que están situadas en las montañas Soc. También existe una aldea llamada Làng Cháy (Villa Quemada) que, la gente dice, está cerca de donde Gióng y su feroz corcel infligieron su venganza contra aquellos que perturbaron la paz de la patria.

Leyenda vietnamita

[Fuente: Revista Seda]