Archive for the ‘Leyendas’ Category

Leyenda de Año Nuevo: Kasajizo

Wednesday, December 20th, 2006

Hace mucho, mucho tiempo, en algún lugar de Japón, vivía una pareja de ancianos muy pobres. Ambos se encontraban muy tristes pues era la víspera de Año Nuevo y no tenían qué comer. En eso, la anciana dijo: “Yo, por si acaso, he hecho unos adornos para el cabello. Si los vendemos podríamos comprar comida.” El anciano le contestó: “De veras? Gracias! Voy a salir para venderlos.”

Ese día hacía mucho frío y estaba nevando bastante. En el camino a la ciudad se encontró con unos Jizo (dios del bien representado mediante una estatua de piedra puesto al costado del camino). El anciano, dirigiéndose a las estatuas de piedra dijo: “Tienen frío, no?” y retiró la nieve que tenían sobre la cabeza.

Jizo

El anciano llegó a la ciudad y recorrió por todas partes, pero no pudo vender nada. Luego de trnscurridas muchas horas, un hombre se le acercó y le dijo: “Hoy no es un buen día, verdad? Yo tampoco he podido vender mis kasa (paraguas). Que te parece si hacemos un cambio? Yo te doy mis kasa y tú me das tus adornos para el cabello. Si tenemos suerte, si cada uno vende cosas diferentes, conseguimos algo.” El anciano le contestó: “Si, está bien. Hagamos el trueque.”

Al final del día, el anciano no pudo vender nada y decidió regresar. Camino a casa, de nuevo se encontró con los Jizo y les dijo: “Usen esto, por favor” y les puso los kasa que no pudo vender. Pero faltaba uno para el Jizo más pequeño. El anciano se quitó una toalla que tenía en la cabeza que utilizaba para protegerse de la nieve y se la puso al más pequeño.

Esa noche le contó a su mujer sobre lo ocurrido y ella le dijo: “Hiciste bien. Estoy muy contenta.” En ese momento, oyeron un ruido extraño que venía de afuera. Se asomaron y se sorprendieron al ver comida y ropas. A lo lejos se veían a los Jizo alejándose en fila. La comida y las ropas eran sus regalos. Los ancianos se pusieron muy contentos y pudieron festejar muy felices el Año Nuevo.

[Fuente: Urban Nikkei]

La fiesta del doble nueve

Friday, December 15th, 2006

El nueve de septiembre del calendario lunar (que suele caer en la segunda o tercera década del mes de octubre del calendario gregoriano) se celebra la fiesta del Doble Nueve, fiesta tradicional china relacionada con la numerología. Desde la antigüedad, los números han estado envueltos por una aura de misterio. Los chinos de aquel entonces seguían los dos principios que regían el universo, el yin y el yang, para clasificar todo lo existente, incluidos los números. Como el nueve es un número yang, el nueve de septiembre se superponen dos yang, el del día y el del mes, de ahí que a esta fiesta se la llame también del Doble Yang.

Doble nueve

Existe un relato acerca del origen de esta fiesta. En tiempos de la dinastía Han del Este (25-220), Huan Jing estudiaba taoísmo con Fei Changfang, un sacerdote taoísta. Un día el maestro predijo a su discípulo que el nueve de septiembre iba a producirse una catástrofe; la única manera de evitarla consistía en cargar a cuestas una bolsa de zhuyu (una planta aromática) y refugiarse en un lugar elevado. Desde entonces, la costumbre de ascender cada nueve de septiembre a un lugar elevado llevando una bolsa de zhuyu fue extendiéndose y transmitiéndose hasta llegar a nuestros días. A pesar del halo de superstición que rodea a esta fecha festiva, se percibe en la gente una sincera esperanza en la vida. El nueve de septiembre, por tanto, es costumbre ir a la montaña, llevar zhuyu y admirar los crisantemos.

La subida a un lugar elevado tiene su origen en la ofrenda de sacrificios al Dios del Cielo que llevaban a cabo las etnias minoritarias del norte de la antigua China antes de salir de caza. La máxima altura y la mayor cercanía al cielo simbolizaban el grado de veneración al Dios del Cielo. Los intercambios culturales entre las nacionalidades fomentaron la transmisión de esta costumbre al centro de China y su ulterior transformación en la fiesta nacional del Doble Nueve o Doble Yang. Los amenos días de otoño en que se celebra la fiesta, caracterizados por el frescor del aire y la brillantez del sol, resultan ideales para subir a las montañas. La contemplación del magnífico espectáculo que se divisa desde sus cimas ayuda a aclarar la mente y a ensanchar el corazón. La faceta deportiva de la ascensión de montañas ha contribuido a su buena acogida general. Aunque el zhuyu carezca de la virtud mágica de prevenir los males, esta planta medicinal caracterizada por su intenso perfume sí es un eficaz repelente de mosquitos y otros insectos, por lo que resulta muy conveniente tenerla siempre a mano.

Doble nueve

La época en que se celebra esta fiesta coincide con el florecimiento de los crisantemos. Por este motivo, en muchas ciudades se celebran grandes exposiciones de esta flor. La flor del crisantemo tiene, además, virtudes medicinales; en efecto, tomada con té, no sólo ilumina el corazón y purifica los ojos, sino que alarga la vida.

[Fuente: china.org]

La leyenda de Hailibu

Tuesday, December 12th, 2006

En los pastizales de Mongolia solía haber un bondadoso cazador llamado Hailibu. Después de cada caza él dividía la carne para los otros aldeanos y dejaba sólo una pequeña porción para él. Su preocupación por los demás le hizo ganar gran respeto en la aldea.
Un día, mientras cazaba entre los árboles, Hailibu escuchó acuciantes llantos provenientes del cielo. Mirando arriba, vió una pequeña criatura capturada por un voraz buitre. Rápidamente apuntó su flecha al predador, que herido por la flecha soltó a la presa.

Hailibu miró a esta extraña criatura que tenía el cuerpo de una serpiente, y dijo, “Pobrecita, ve a casa rápido”. La criatura replicó, “Respetable cazador, usted salvó mi vida, por lo cual estoy extremadamente agradecida. Soy la hija del rey dragón, y estoy segura de que mi padre le agradecerá con una gran recompensa. Él tiene muchos grandes tesoros que usted puede tomar. Si ninguno de esos tesoros lo complacen, usted puede preguntarle por la piedra preciosa que mantiene en su boca. Quienquiera que sostenga esta piedra en su boca será capaz de entender el lenguaje de los animales”.

Hailibu

El cazador Hailibu no tenía interés en ningún tipo de tesoro, pero ser capaz de entender el lenguaje de los animales le reslutó muy atractivo. Le preguntó a la hija del dragón, “¿realmente existe tal piedra preciosa?” Ella contestó “Si. Pero lo que sea que escuches de los animales, tienes que guardarlo para ti mismo. Si se lo cuentas a otros, te convertirás en una roca”.

La joven dragón condujo a Hailibu hacia la costa del océano. En cuanto avanzaron dentro del océano, el agua se partió velozmente hacia los lados, entonces Hailibu fue capaz de caminar como en una pequeña avenida. Pronto, un palacio resplandeciente emergió, donde el rey dragón estaba residiendo. El rey dragón estaba feliz de oír que Hailibu había salvado a su hija, y le ofreció tomar cualquier tesoro que quisiera del palacio. Después de un momento de silencio, Hailibu contesto, “Si usted quiere darme algo como regalo, ¿le puedo pedir la piedra preciosa en su boca?”.

El rey dragón bajo su cabeza, pensó por un momento. Luego tomó la piedra de su boca y se la pasó a Hailibu. Antes de partir, la hija del dragón le repitió a Hailibu, “respetable cazador, por favor recuerda no contarle a nadie sobre lo que hablan los animales. De lo contrario, te convertirás en una roca inmediatamente”. Teniendo la piedra preciosa en su boca, Hailibu disfrutaba su caza entre los árboles incluso más. Él podía entender el lenguaje de todas las bestias y pájaros, y saber que animales cazar en cada parte de la montaña. Él era capaz de cazar más carne y darle más a los aldeanos.

Hailibu

Un día, en la montaña, oyó a un grupo de pájaros discutir algo con urgencia. Escuchó con suma atención. El pájaro líder dijo, “necesitamos movernos a alguna otra parte rápidamente. Esta noche, la montaña colapsara y un diluvio sumergirá esta tierra completamente. Mucha gente podría morir”. Hailibu se conmocionó de escuchar esto. Corrió rápidamente a casa y lanzó estas palabras a los aldeanos, “¡Tenemos que mudarnos a alguna otra parte inmediatamente, no podemos quedarnos aquí mucho más!” Todos estaban sorprendidos, “Estamos viviendo aquí bien, ¿por qué mudarnos?” Hailibu continuó repitiendo esas palabras, pero nadie escuchó. Con lágrimas, él suplicó, “Por favor escúchenme, puedo jurar que es cierto. Créanme, tenemos que mudarnos ahora, de otro modo será demasiado tarde”.

Un anciano trató de calmar a Hailibu, “Tu eres un buen hombre y nunca has mentido. Nosotros hemos vivido aquí por generaciones pero ahora nos pides que nos mudemos. Tienes que decirnos por qué; mudarnos no es un asunto fácil”. Hailibu no vio otra forma de salvar a los aldeanos: llenándose de ímpetu, les dijo, “esta noche, la montaña va a colapsar y un gran diluvio va a ahogar esta tierra. Miren, los pájaros volaron lejos”. Luego relató como él obtuvo la piedra preciosa, que era capaz de entender a todas las bestias y pájaros pero que tenía que mantener lo que escuchaba en secreto para no convertirse en una roca, y finalmente, las palabras de los pájaros sobre volar lejos de esta tierra debido al inminente desastre.

Hailibu

Cuando terminó de contar toda la historia, se convirtií en una roca. Los aldeanos se hundieron en conmoción y lágrimas. Ellos lloraron su pesar, deseando haber escuchado a Hailibu anteriormente. Tomando sus cosas básicas y uniendo en manada a su ganado, los aldeanos, junto con sus ancianos y niños, caminaron hacia una tierra lejana. Continuaron caminando por la noche, cuando de repente una gruesa nube cubrió el cielo y el viento empezó a bramar. Pronto la lluvia cayó como nunca antes. En dirección de su aldea, ellos escucharon estruendos retumbar desde la montaña…

Más tarde, buscaron la piedra en que se había convertido Hailibu y la colocaron en la cima de la montaña, para que los hijos y los nietos y los nietos de los nietos recordaran al héroe Hailibu que ofrendó su vida por todos. Y dicen que hoy en día existe un lugar que se llama “La piedra Hailibu”.

[Fuente: Cuentos populares mongoles]

El Dios Gióng

Monday, December 11th, 2006

Durante el reinado del rey Hung vivió una mujer que nunca se casó. Una mañana, cuando amanecía, ella salió a su pequeño jardín y, para su sorpresa, se encontró con una enorme pisada, en el medio de la cual había una semilla de tomate.

“Oh, qué grande que es”, se dijo sorprendida. “Semejante huella puede haber sido dejada sólo por un gigante”.

Eventualmente, su curiosidad sacó lo mejor de ella y, dubitativa, colocó su propio piecito en la enorme pisada para comparar el tamaño. Fue entonces que todo su cuerpo se estremeció al sentir una extraña sensación que la atravesaba en oleadas. Al pasar el tiempo, dio a luz un bebé hermoso, al que llamó Gióng.

Ella lo amaba tiernamente y lo cuidaba muy bien, pero cuando el niño tenía tres años, aún no podía hablar, ni sentarse, ni siquiera rodar hacia los lados.

Fue durante esa época que los ejércitos de Ân invadieron el reino del rey Hung. Los depravados intrusos arrasaron aldeas, masacraron a la gente y saquearon el campo. En vano, los valientes guerreros de la nación se sacrificaron para proteger a su amado país, pero las hordas bárbaras se desparramaron más y más por todo el reino.

El rey envió mensajeros por el campo buscando a alguien que pudiera salvar a su pueblo en esta época de peligros. Uno de ellos, a su debido tiempo, llegó a la aldea donde vivían Gióng y su madre.

Cuando la avejentada mujer se enteró del propósito de la visita del correo del rey, bromeó con su hijo: “Oh, mi amor,” le susurró, “tal vez algún día tú, que eres tan lento para aprender a hablar y a caminar, serás lo suficientemente fuerte para salvarnos de los ejércitos de Ân.”

Para su espanto, el niño se sentó y le habló por primera vez: “Madre, por favor, invita al mensajero a que venga a casa”. Luego volvió a callar.

La mujer se encontraba confundida, pero feliz, y se apresuró a lo de sus vecinos para contarles del milagroso acontecimiento. “¿Qué debo hacer? ¿Qué debo hacer?”, preguntaba nerviosa.

Todos consideraron el suceso de lo más notable, y después de mucho discutir un viejo aldeano aconsejó: “Invita al mensajero a tu casa. Así él sabrá lo que quiere el niño”.

Cuando el mensajero entró en la casa, se quedó pasmado y se enfureció. “¿Qué tontería es esta?”, reclamó. “Este es sólo un niño. ¿Cómo te atreves a hacer perder el tiempo al correo del rey con semejante estupidez? Te juro que…”

“¡Silencio!” Gióng habló de nuevo en un tono severo e imperativo. “Dile al rey que mande a confeccionar una armadura y un casco de hierro que le quepa a un guerrero de diez truong de alto. Dile también que debe mandar a hacer una espada de hierro que muchos soldados no puedan levantar, y para cargar este peso, un caballo de hierro gigante”.

La autoridad de su voz fue tal, y tal era el aura que lo rodeaba, que el mensajero supo que el niño no era cualquier mortal. Así que se apresuró hasta el rey para comunicarle la instrucción divina.

El rey ordenó que se juntara todo el hierro de la citadela y que se construyeran poderosos hornos de herrero. Durante mucho tiempo, los herreros y armeros trabajaron usando toda su fuerza y astucia para crear como nunca antes. Los cielos nocturnos brillaban por las chispas de sus yunques, y el aire se llenaba con el repique de sus grandes martillos sobre el metal. Cuando terminaron, doce hombres fuertes no pudieron levantar la espada, y muchos se necesitaron para llevar todos los armamentos al niño Gióng.

Cuando la madre escuchó que se aproximaba la muchedumbre alborozada se turbó. “La tarea de salvar a este país no es un chiste”, reprochó a su hijo. “La multitud que trae lo que pediste se acerca, pero tú aún eres un niño que no puede caminar”.

Gióng se puso de pie y habló. “No te angusties, querida madre. Todo lo que debes hacer es traer tanta comida como yo pueda comer. Entonces verás un cambio”.

La madre preparó una gran olla de arroz que él comió en un parpadeo. Luego otra, y otra más, hasta que la casa estaba desierta de comida. Mientras comía, él niño crecía más y más, y mientras crecía, los vecinos traían olla tras olla de arroz y mucha fruta, carne, y vegetales, para ayudarlo a crecer aún más.

Gióng habló de nuevo: “Madre, debe tener algo de ropa”.

Los aldeanos trajeron vestidos tejidos y prendas elegantes, pero él crecía tan rápido que tenían que agrandar la ropa una y otra vez.

Cuando los soldados y sirvientes del rey llegaron trayendo su preciada carga, Gióng salió de su casa y levantó los hombros. Ante ellos estaba parado un gigante de diez truong de alto.

“Soy el Hijo del Cielo”, proclamó con voz de trueno.

Vistiendo el macizo casco y la armadura forjada con tanta astucia, tomó la poderosa espada y saltó sobre el grandioso caballo. Instantáneamente, éste se llenó de vida y la tierra tembló ante su bufido. Cuando Gióng le golpeó ligeramente los costados con sus tacos, el corcel se encabritó y exhaló llamas y humo. Con un gran salto pasaron por sobre los aldeanos y los campos para dirigirse hacia los ejércitos de Ân.

En poco tiempo ya se encontraban entre el enemigo en su campamento del bosque. Poderosos eran los golpes de la hoja de Gióng, que centelleaba como relámpagos, asesinando a sus adversarios por manadas. Golpeó una y otra vez, y su terrible caballo exhalaba fuego sobre las tiendas y chozas de los Ân, convirtiéndolas en piras resplandecientes. Un gran miedo había en los corazones de los bárbaros.

El general Ân incitaba a más y más hombres a entrar en la pelea, pero con cada nueva oleada que se acercaba, Gióng se volvía más fuerte.

Tan seguidos y poderosos eran sus golpes, que incluso una hoja forjada por los más grandes herreros del país no podía resistir. El glorioso acero se quebró por la empuñadura. Sin pausa, Gióng arrancó un macizo bambú de la tierra y atacó a sus adversarios aún con más furia.

Se les quebró el espíritu y huyeron. El vengativo Gióng los persiguió hasta que hubo asesinado al general y los pocos restantes se hubieron humillado ante él. En medio día Gióng había conquistado a los invasores.

Cuando concluyó su tarea, el dios guió a su caballo a las montañas Soc. Ahí puso la armadura de hierro y el gran casco de guerra a un lado, y golpeando suavemente sus tacos contra los costados del feroz corcel, voló hacia los cielos.

Hoy, rastros de las marcas de los cascos de la maravillosa bestia permanecen como estanques en las aldeas de Kim Ang y Da Phúc, que están situadas en las montañas Soc. También existe una aldea llamada Làng Cháy (Villa Quemada) que, la gente dice, está cerca de donde Gióng y su feroz corcel infligieron su venganza contra aquellos que perturbaron la paz de la patria.

Leyenda vietnamita

[Fuente: Revista Seda]

La fiesta del doble siete

Wednesday, December 6th, 2006

Según la leyenda, el séptimo día del séptimo mes en el calendario lunar chino, el pastor de vacas Niu Lang y la Doncella Tejedora celestial viajarán por la Vía Láctea a través de un puente formado por golondrinas para su encuentro anual. La historia de amor entre Niu Lang y la Doncella Tejedora ha sido transmitida durante años en la cultura china.

Doble siete

La Doncella Tejedora es la hija menor del Rey Celestial, y es muy habilidosa para tejer hermosos patrones y colores. Cuando vemos cielos brillantes y arco iris de siete colores, se debe a las manos habilidosas de la Doncella Tejedora. Niu Lang era un pastor de vacas que nació en una familia pobre del sur de China. Sus padres murieron cuando él era pequeño, y creció con muchos sufrimientos. Vivía solo y pastoreaba vacas para vivir. Era un hombre honesto, amable y diligente, pero al ser pobre, no podía encontrar ninguna mujer para casarse.

Un día, mientras pastoreaba vacas en la pradera, Niu Lang vio siete doncellas celestiales descendiendo en la costa de un río, y se escondió detrás de los árboles para espiarlas. Las doncellas se quitaron sus coloridos vestidos, los dejaron a la rivera del río, y comenzaron a jugar en el agua. Niu Lang quedó atónito por su belleza, especialmente la de la menor de ellas, Zhi Nu, a la que no podía dejar de mirar. De repente, se le ocurrió esconder los vestidos de las doncellas para divertirse un poco. Cuando las doncellas se dieron cuenta, enviaron a la menor de ellas a pedirle al pastor que se los devolviera. Por supuesto, como Niu Lang vio a la doncella desnuda, tuvo que casarse con ella.

Doble siete

Niu Lang y Zhi Nu vivieron felices juntos. Se amaban y respetaban mutuamente, y ambos trabajaban duro. Las delicadas manos de Zhi Nu transformaron la modesta choza de Niu Lang en un hogar cálido y confortable. Rápidamente pasaron dos años, y Zhi Nu dio a luz a dos bebés, un varón y una nena. Pero dos años en la Tierra es sólo un instante en el Cielo. En cuanto el Rey Celestial descubrió que su hija menor no había regresado y se había casado con un mortal en la Tierra, se encolerizó, y pidió a la Reina Celestial que enviara un ejército de soldados celestiales para que llevasen de regreso a la Doncella Tejedora.

En la Tierra, el cielo de pronto se oscureció y el viento comenzó a soplar. Un momento después, llegaron los soldados celestiales y se llevaron a la Doncella Tejedora. Aunque sospechaba que algún día pasaría esto, Niu Lang igual se sorprendió, y se desesperó. Colocó a sus hijos en dos canastos, y comenzó a correr a los soldados. Mientras éstos ascendían al Cielo con la Doncella Tejedora, Niu Lang descubrió que también estaba ascendiendo con ellos.

Doble siete

En ese momento, la Reina Celestial arrojó su horquilla de oro frente a Niu Lang. La horquilla se convirtió en un río que lo separó de su esposa. Este río luego se llamó Vía Láctea. (En chino, a la Vía Láctea se la llama Tian He, que significa Río Celestial). Niu Lang y la Doncella Tejedora se miraron a través del ancho río celestial; con lágrimas en sus ojos, anhelaron estar juntos. Conmovidas por su gran amor, las golondrinas formaron un puente con sus cuerpos por encima del río celestial.

La Reina Celestial también vio el amor que se tenían la Doncella Celestial y Niu Lang, así que les permitió reunirse una vez al año, en los aniversarios de su separación, el séptimo día del séptimo mes. Esa noche, se pueden ver muy pocas golondrinas, ya que la mayoría de ellas sube para formar el puente celestial. Si el viento está calmo y se escucha con atención, se puede oír el murmullo de Niu Lang y Zhi Nu expresándose su amor y respeto mutuo.

[Fuente: zhengjian.org]