Archive for the ‘Leyendas’ Category

Criaturas del folclore japonés

Wednesday, February 21st, 2007

Una figura muy conocida dentro del folklore tanto de China como de Japón es la del zorro, que en japonés se dice kitsune.

Kitsune

Esta palabra tradicionalmente se emplea para nombrar al espíritu del bosque con forma de zorro. Según la mitología, protege los bosques y las aldeas. Entre sus poderes se encuentra la capacidad de adoptar forma humana, normalmente como una mujer joven. Cuando un kitsune cumple 1000 años de vida, le crece una cola adicional.

Es muy común encontrar personajes con estas características en los anime y manga.

Los oni, demonios u ogres, son unas de las figuras folclóricas más famosas de Japón. Son enormes y tienen cuernos. El color de su cuerpo es rojo, azul o negro. Llevan generalmente una vara grande de hierro (kanabou). Son los más conocidos para guardar la puerta del infierno budista. También aparecen a menudo en leyendas, como por ejemplo Momotaro. Son mudos, crueles, y malévolos.

Oni

El kappa es una criatura supernatural que vive tanto en la tierra como en el agua. Son tan altos como un niño de cuatro o cinco años. Tienen un hocico y aletas en sus manos y pies. También tienen un caparazón en su parte posterior, y un plato lleno de agua en su cabeza. Mientras el plato esté lleno de agua, el kappa mantiene su energía supernatural.

Kappa

Aunque el kappa a veces hace daño a la gente, también se conocen muchos cuentos en los cuales ha ayudado a la gente. Son muy curiosos. Aparecen a menudo en manga y anime debido a sus imagen. Les gusta el pepinos y el sumo. Es por esto que los sushi rolls de pepino se llaman “kappa maki”.

Maki kappa

[Fuente: japanese.about.com]

Cuentos populares chinos (III)

Monday, February 5th, 2007

QUINCE MONEDAS HONESTAS

monedas chinas

Érase una vez una pobre mujer y su hijo que vivían en una pequeña aldea. Todos los días se levantaban antes del amanecer para recoger leña en el bosque. Luego el niño la llevaba al mercado para venderla como combustible en cocinas y chimeneas. Con el dinero que obtenía compraba las cosas que necesitaban: aceite, huevos y arroz, y luego regresaba a casa.

Un día, cuando estaba en el mercado esperando pacientemente a que la gente le comprara su leña, de repente vio un pequeño monedero que seguramente se le había caído a alguien. No sabía que hacer con él, así que corrió a su casa para enseñárselo a su madre.

“Madre, mira lo que he encontrado”, dijo el niño.
Abrieron el monedero y contaron 15 monedas de oro.

“La persona que lo perdió debe estar preocupada. Tienes que volver al mercado y encontrar a la persona que lo perdió. Puede ser una persona tan pobre como nosotros que tenía pensado usar el dinero para arroz y aceite. Tú simplemente tienes que permanecer en el mismo lugar donde encontraste el monedero, y seguramente que la persona que lo perdió vuelve a buscarlo allí. El conservar las monedas me hace sentir muy mal, o sea, que apresúrate y encuentra al propietario”

Así que, tal como deseaba la madre, el chico volvió al mercado para encontrar al propietario. Poco tiempo después se dio cuenta de que un comerciante miraba para todos los lados como si hubiera perdido algo.

“¿Señor, ha perdido usted algo? Le preguntó el chico.

“Sí, he perdido un monedero. Debe habérseme caído en alguna parte”

“¿Es este el monedero, señor? Preguntó el niño al comerciante.

“¡Oh, sí! Exclamó el hombre, e inmediatamente comenzó a contar las monedas que había dentro.

“1, 2, 3, …¡15! ¡Sólo hay 15! Tenía 30 monedas en el monedero. Tú te has quedado con 15. ¿Cómo te atreves a robar mi dinero?”

“Yo soy honesto, señor, se lo aseguro, había solamente 15 monedas en el monedero”, lloraba el niño.

Comenzaron a discutir, y poco después una gran multitud de gente se reunió allí para ver lo que pasaba. La discusión empeoró, cada uno acusando al otro de no ser honesto. La gente que se arremolinaba alrededor les decía que fueran a ver al juez para terminar con la disputa, así que, al final, una larga hilera de gente se encaminó hacia la oficina del juez.

“¿Cuántas monedas había en el monedero?” Preguntó el juez al chico.

“Quince, señor”

“¿Y contaste tú solo las monedas?

“No, señor, mi madre también estaba allí, y las contamos juntos”, explicó el chico.

Al oír esto, el juez mandó a llamar a la madre y le preguntó lo mismo.

Ella contestó con honestidad que había quince monedas en el monedero.

“Le dije a mi hijo que volviera al mercado inmediatamente para intentar encontrar al propietario”

El juez echó una larga mirada a la mujer y a su hijo, y luego le preguntó al comerciante:

“¿Cuánto dinero has perdido?”

“Perdí 30 monedas de oro. Este chico me ha robado 15 monedas. Exijo que me las devuelva inmediatamente.”

El juez echó una larga mirada al comerciante también y consideró qué sería lo más justo. Después de un rato, una ligera sonrisa apareció en su rostro y declaró:

“Como insistes en que has perdido un monedero con 30 monedas de oro, este monedero no puede ser el tuyo, por lo tanto no lo podrás reclamar”.

Mirando al chico, dijo:

“Dado que tú encontraste el monedero y nadie con derecho a él lo ha reclamado, puedes quedarte con el dinero para comprar las cosas que tu madre y tú necesitéis. Caso cerrado”

Todas las personas en la sala, excepto el comerciante, se sintieron satisfechos, y creyeron que había sido la mejor decisión”.

[Fuente: educastur.es]

Sui Ren produjo fuego por frotamiento

Thursday, February 1st, 2007

En la remota antigüedad los hombres no tenían fuego. Este estaba en manos del dios del trueno, un monstruo de cabeza humana y cuerpo de dragón que solía recorrer el mundo de los seres humanos durante la primavera y el verano. Cierta vez, cuando pasaba por un bosque, agitó su cola chocando contra los árboles secos, lo que produjo un incendio. Los seres humanos se asombraron al ver las brillantes llamas que devoraban a los árboles y abrasaban y hacían huir a las bestias.

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El fuego era sorprendente, pero útil: con él, la carne, al ser cocinada o asada, era más exquisita; las tinieblas se desvanecían, haciendo que la noche fuera tan brillante como el día y la gente podía vencer el frío más riguroso. Los humanos necesitaban el fuego, pero salvo el que les daba de casualidad el dios del trueno, no sabían dónde encontrarlo. Decían que éste existía en el Oeste distante y árido, en un lugar donde no había sol ni luna.

Allí hubo un Estado llamado Sui Ming, donde no hacía frío, las cuatro estaciones eran tibias como la primavera y la noche era tan brillante como el día. La causa de esto era un árbol descomunal que crecía allí, llamado “Suimu”; era tan grande, que para abarcar su tronco se necesitaban varias decenas de personas con los brazos extendidos y sus ramas eran tan frondosas, que se extendían por miles y miles de hectáreas a la redonda. Como despedía incesantemente calor y luz, también fue llamado “árbol del fuego”. Quien lograra llegar hasta él para obtener algunas ramas que sirvieran como semillas de fuego, sería un afortunado.

Pero ya habían transcurrido incontables años y nadie había logrado llegar hasta aquel sitio, pues era necesario atravesar mil montañas, cruzar diez mil ríos, recorrer innumerables caminos y tropezarse con diversas dificultades y peligros inesperados. Se dice que varios hicieron el intento pero, desgraciadamente, fracasaron. Los unos, se habían despeñado; otros, se habían ahogado en un río o habían sido devorados por las bestias; otros más, habían muerto de insolación o de frío, e incluso hubo quienes retornaron a mitad de camino, asustados por las dificultades y penalidades.

En aquella época, había un joven conocido por su inteligencia y valentía en todas las tribus. Era muy alto y fornido, como si fuera de hierro; tenía una energía asombrosa, y era sumamente despierto y hábil. Era un experto en tirar al arco, escalar montañas y cruzar ríos, pero, en particular, se distinguía por su nobleza y porque quería traerle la felicidad a la humanidad. Al saber que había un “árbol del fuego” en el Estado Sui Ming, decidió ir allá. A pesar de los fracasos anteriores no vaciló en su firme convicción. A toda costa debía ir por el fuego, para iluminar al mundo y para que los seres humanos tuvieran” calor.

Cierto día, armado de arco y flechas, se despidió de su pueblo natal y marchó hacia el Oeste. Verdaderamente, las dificultades y los peligros eran innumerables: venció a las altas montañas trepando rocas; cruzó los ríos en una canoa hecha con un tronco y a veces tuvo que luchar contra los tigres y las boas. El calor tórrido le quemaba el cabello y la piel, y el frío riguroso le paralizaba las manos y los pies. Muchas veces cayó abatido por el hambre, la sed y la fatiga, pero volvió a levantarse con una tenacidad asombrosa.

Había perdido la cuenta del tiempo y de la distancia recorrida. Pero continuó caminando sin cesar hasta que el sol y la luna se ocultaron detrás de él y la tierra se sumergió en las tinieblas. Mas deseoso de obtener el fuego para la humanidad, continuó marchando a tientas. Cierto día, descubrió de repente una débil luz a lo lejos, semejante a los arreboles en el Este. Cuanto más se aproximaba a ella, tanto más brillaba. Al comprender que había llegado al Estado Sui Ming, corrió con infinita alegría.

Aquí crecía un árbol descomunal y único. Sus raíces entrelazadas, sus nudos intrincados y sus frondosas ramas ocupaban una superficie de casi diez mil hectáreas. Como por arte de magia, todo el árbol despedía un fuego brillante, que resplandecía al igual que perlas y piedras preciosas, alumbrándolo todo. Evidentemente, era el Sui Mu, el llamado “árbol del fuego” que ambicionaba tener la humanidad desde hacía mucho tiempo. El joven se acercó y observó detenidamente de dónde salía el fuego.

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En el árbol, había muchas aves semejantes a los buhos que picoteaban el tronco y las ramas. Con cada picotazo, se producían chispas. Mientras contemplaba el espectáculo, el joven imaginó súbitamente un método para producir el fuego. Trepó en seguida al árbol y arrancó algunas ramas. Para hacer un ensayo, frotó una rama gruesa con las pequeñas hasta que, de veras, se produjeron chispas. Entonces, pensó: “¿Será posible lo mismo con las ramas de otro árbol?” Inmediatamente hizo la prueba. Aunque tuvo que hacer un gran esfuerzo, se produjeron chispas que luego se convertían en llamas al frotar incesantemente.

Lleno de alegría, regresó enseguida a su pueblo natal y transmitió el método de producir fuego a los demás, quienes a su vez lo transmitieron a otros. De ahí en adelante, la gente pudo obtener fuego en cualquier momento, sin necesitar del dios del trueno. Al tener el fuego, la gente podía asar o cocinar sus alimentos, calentarse en tiempos de frío riguroso, alumbrar la noche, encender hogueras para espantar a las bestias que intentaban atacar, e incluso, fundir minerales para fabricar armas más afiladas.

Producir el fuego por frotamiento era, en apariencia, muy simple; pero fue un conocimiento obtenido a costa de dificultades e hizo, a partir de ese mismo instante, avanzar a la humanidad hacia la civilización. Para honrarlo, la gente le puso al joven el nombre de “Sui Ren Shi”, que quiere decir “inventor del fuego”.

[Fuente: CRI]

El agrónomo Hou Chi

Friday, January 26th, 2007

Hubo una mujer llamada Jiang Yuan que era bondadosa y laboriosa. Ya había cumplido cuarenta años de edad, pero no tenía hijos y vivía sola y abandonada.

En una primavera, cuando las golondrinas volaban hacia el Norte, llevó una ofrenda al campo, y rezó, pidiéndole a su dios que le diera un hijo. Después, regresó a casa. En el camino vio que una golondrina volaba y se detenía trinando, seguida por un pichón. En efecto, la madre le estaba enseñando a su hijo a volar y buscar alimentos. Al contemplar esta escena cariñosa y alegre, Jiang Yuan sintió envidia y pensó: “¡Cuan hermoso sería si yo tuviera un hijo mimado!”

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Mientras caminaba, meditaba. Súbitamente descubrió una huella enorme, tan grande, que el dedo pulgar era del tamaño de un hombre. Ocurrió entonces algo muy extraño: Jiang Yuan quiso pasarla, pisando cuidadosamente. Pero, al dar el primer paso, sintió una poderosa corriente de energía que le recorrió todo el cuerpo, haciéndola estremecer. Cuando finalmente regresó, refirió a todos lo sucedido, suscitando muchos comentarios.

¡Es un mal agüero! ¡Quizás te ocurra algún día una tragedia, algo muy fuera de lo común!

Es posible que hayas profanado alguna vez al Soberano del Cielo. De otro modo, ¿cómo podría haberte sucedido algo tan extraño?

Al oír estas palabras, Jiang Yuan quedó en ascuas, preocupada porque le sobreviniera alguna catástrofe.

En un pueblo vecino vivía un anciano conocido por su sabiduría, a quien todo el mundo le consultaba en caso de que ocurriera algo extraño. Ese día, Jiang Yuan, intranquila, fue a visitarlo y le contó lo sucedido desde el principio hasta el fin.

Meditativo, el anciano dijo afablemente:

La golondrina es siempre un ave de buen agüero que anuncia la llegada de la primavera. La escena que viste simboliza mayor felicidad. Una mujer tan bondadosa y laboriosa como tú, jamás podrá tener ninguna desgracia. La huella que pisaste es una señal evidentemente dispuesta por el Soberano del Cielo. A mi parecer, tal vez tendrás dentro de poco un bebé fuerte.

Jiang Yuan se tranquilizó un poco al escuchar estas palabras, pero aún no quedó del todo en paz.

El tiempo voló como una flecha y las golondrinas regresaron al sur. Ese día, Jiang Yuan dio a luz un bebé robusto, lo que provocó otra vez comentarios.

El niño ha nacido de un modo muy extraño y la madre dio a luz sin problemas. ¡Habrá una desgracia!

Causará una gran catástrofe si le dejamos vivir entre nosotros. ¡Debemos sacarlo de aquí lo más pronto posible!

Sin preocuparles el dolor que le causaban a Jiang Yuan, los aldeanos se llevaron a la fuerza al niño.

hou chi

Al principio, lo abandonaron en un sendero de la montaña, pues como todas las tardes los rebaños regresaban por allí, estaban seguros que el niño moriría pisoteado.

Cuando el sol estaba a punto de ocultarse, comenzaron a bajar de las montañas los rebaños de bueyes y ovejas, en tropel, luchando por pasar primeros por el sendero. Pero los animales que iban al frente se detuvieron de repente al ver al niño abandonado. Luego, dando mu¬çgidos y balidos, pasaron esquivando al niño. Los que venían, atrás hicieron lo mismo y el niño quedó incólume.

Extrañados por lo que había ocurrido, los aldeanos recogieron al niño para abandonarlo al día siguiente en el bosque. Justamente, esa noche cayó una nevesca. Los copos de nieve danzaban por el aire. Como hacía tanto frío, todos acudieron al bosque y cortaron leña para reparar sus casas y calentarse. Decidieron entonces abandonar al niño en un río helado. Lo colocaron sobre el hielo pero, tan pronto como se retiraron, en el cielo aparecieron cientos de aves que volaban en círculo sobre el bebé. Luego, descendieron y lo abrazaron con sus alas. El niño, que ya estaba congelado, comenzó a llorar, con tanta fuerza que se le podía oír a gran distancia.

Al oír el llanto del bebé, Jiang Yuan sintió que el corazón se le desgarraba. Sin importarle las consecuencias, fue a buscarlo para llevarlo a casa. Bajo estas circunstancias, los aldeanos, perturbados, no insistieron más en su empeño de dejar abandonado al niño. Sin embargo, lo trataron con desprecio y le pusieron el mote de “abandonado”.

El niño fue creciendo bajo los cuidados cariñosos de la madre; al igual que ella, era muy laborioso. Cultivaba con frecuencia semillas de cereales y las observaba detenidamente cómo crecían, brotaban y maduraban. A veces, el mijo que él cultivaba daba granos mayores que el silvestre. En la remota antigüedad, el mijo se llamaba “chi” de ahí que la madre le diera el nombre de Hou Chi. Cuando llegó a la mayoría de edad, Hou Chi desarrolló más su inteligencia, y se volvió más reflexivo y laborioso.

En aquella época, los seres humanos aún no sabían cultivar los cereales, teniendo que vivir de la caza y los frutos silvestres. Por eso, tenían que trasladarse con frecuencia de un lugar al otro y, a veces, debían hacer largos re¬orridos a pie para asegurar la subsistencia. Fuera de eso, corrían el peligro de ser atacados por las bestias o ser envenenados al comer frutas ponzoñosas.

Hou Chi decidió cambiar esa situación con su trabajo y su inteligencia. Esa primavera, fabricó algunos aperos simples; para ello, ató pedazos de piedra o de hueso de buey a varios palos, roturando con ellos una gran parcela. Luego, seleccionó las mejores semillas entre las que había recogido el año anterior y las sembró. Además, llevó las aguas de un riachuelo para irrigarlas. Poco después, apareció una extensión de brotes verdes. Desde entonces, Hou Chi trabajó su parcela con más entusiasmo, desyerbando, irrigando, mulliendo y escardando, olvidándose de las dificultades y la fatiga.

Cuando llegó el otoño, las espigas habían crecido frondosas como las colas de zorro. El sorgo rojo, la soja verde y las grandes calabazas estaban madurando. Todos quedaron asombrados. Cuando saborearon sus calabazas, les parecieron más sabrosas y más dulces que las silvestres; la soja y el sorgo crecían más hermosos que las especies silvestres.

¿Qué ha sucedido? ? muchos preguntaron con curiosidad, rodeando a Hou Chi ?. Todas las primaveras, el Soberano del Cielo le ordena a la tierra que produzca calabazas, frutas y cereales para nosotros, pero nunca han sido tan hermosos y sabrosos como éstos.

Hou Chi respondió serenamente:

Sí. El Soberano del Cielo no solamente nos ha dado qué comer en abundancia, como calabazas, frutas y cereales, sino también nos ha otorgado a cada uno una cabeza y dos manos. Si sabemos emplear la cabeza y las manos, podremos, al igual que él, hacer muchos milagros.

Muchos quedaron convencidos con estas palabras, aunque algunos dudaban, afirmando que seguramente Hou Chi había obtenido las mejores semillas del Soberano del Cielo, pues de otro modo, no podría crear tal milagro. A pesar de estas opiniones, la noticia de que Hou Chi era un experto en la agricultura, se fue propagando ampliamente. Muchos iban a pedirle que les transmitiera los conocimientos sobre el cultivo de los cereales, por considerar que esto era de suma importancia para la vida de los seres humanos. Hou Chi, que era un hombre bondadoso y modesto, le enseñaba pacientemente todo a los aprendices: recoger las semillas, arar la tierra, desyerbar, sembrar y cosechar.

A partir de aquel momento, todos empezaron : a dedicarse a la agricultura. Esto les dio la posibilidad de construir cabañas relativamente sólidas y depósitos para almacenar los cereales. Los seres humanos tuvieron entonces mayor seguridad y garantizaron su subsistencia.

Al poco tiempo, la hazaña de Hou Chi llegó a oídos del soberano, el emperador Yao, quien, como demostración del respeto que le tenía, lo nombró como “agrónomo”. A partir de entonces, mientras trabajaba con la gente, Hou Chi creó muchas nuevas formas de cultivo e inventó numerosos aperos agrícolas. En particular, junto con su hermano menor, Tai Xi, y su sobrino, Shu Jun, domesticó a los bueyes y dio comienzo a la labranza, empleando estos animales. De este modo, alivió el trabajo de la gente y desarrolló grandemente la técnica de la labranza.

hou ji

Hou Chi murió después de haber vivido entre 100 y 200 años. Consagró toda su vida laboriosa a la humanidad para que ella pudiera vivir felizmente. Como homenaje, lo sepultaron en un lugar pintoresco, entre montes y ríos. Todas las primaveras, cuando se abrían las flores y se iniciaba la siembra, y todos los otoños, después de obtener abundantes cosechas, hombres y mujeres, ancianos y jóvenes, acudían en masa ante la tumba de Hou Chi, donde cantaban, bailaban y le ofrendaban las flores más bellas así como espigas y calabazas seleccionadas.

[Fuente: CRI]

Chilseok

Friday, January 19th, 2007

Chilseok” es un día tradicional coreano para los enamorados, se celebra en el séptimo día de julio del calendario lunar. La tradición tiene su origen en una antigua leyenda.

Un día, Chingnyeo, la hermosa hija del señor celestial, vio mientras tejía ropa con un telar mágico a un hombre joven que cuidaba del ganado a lo largo de una ribera. Tan pronto como lo vio, inmediatamente se enamoró de él y corrió hacia su padre para que la dejara casarse con él. El señor celestial les permitió vivir juntos porque el joven era conocido como alguien inteligente, bondadoso y diligente. Sin embargo, desafortunadamente, como ellos estaban siempre juntos y descuidaban su trabajo, el señor celestial se enfureció y les advirtió que no continuaran obrando así.

Como no hubo ningún cambio tras varias advertencias, él les ordenó que se separasen y tuvieron que hacerlo por la fuerza. Gyeonu fue enviado al extremo este del universo, en tanto que Chingnyeo fue puesta en el extremo oeste. Se les permitió reunirse sólo una vez al año, en el séptimo día de julio. Alrededor de esa fecha, las urracas y los cuervos vuelan en bandada para convertirse en un puente para ayudar a la desafortunada pareja separada a reunirse en la Vía Láctea.

Chilseok

El 7 de julio del calendario lunar es el tiempo en que el “yin”, o lo femenino, y el “yang”, o lo masculino, alcanzan un estado de equilibrio en el universo. Los jóvenes coreanos, en este día, suelen acudir diferentes eventos culturales en templo y otros lugares.

[Fuente: coreahoy.net]