Sui Ren produjo fuego por frotamiento
En la remota antigüedad los hombres no tenían fuego. Este estaba en manos del dios del trueno, un monstruo de cabeza humana y cuerpo de dragón que solía recorrer el mundo de los seres humanos durante la primavera y el verano. Cierta vez, cuando pasaba por un bosque, agitó su cola chocando contra los árboles secos, lo que produjo un incendio. Los seres humanos se asombraron al ver las brillantes llamas que devoraban a los árboles y abrasaban y hacían huir a las bestias.

El fuego era sorprendente, pero útil: con él, la carne, al ser cocinada o asada, era más exquisita; las tinieblas se desvanecían, haciendo que la noche fuera tan brillante como el día y la gente podía vencer el frío más riguroso. Los humanos necesitaban el fuego, pero salvo el que les daba de casualidad el dios del trueno, no sabían dónde encontrarlo. Decían que éste existía en el Oeste distante y árido, en un lugar donde no había sol ni luna.
Allí hubo un Estado llamado Sui Ming, donde no hacía frío, las cuatro estaciones eran tibias como la primavera y la noche era tan brillante como el día. La causa de esto era un árbol descomunal que crecía allí, llamado “Suimu”; era tan grande, que para abarcar su tronco se necesitaban varias decenas de personas con los brazos extendidos y sus ramas eran tan frondosas, que se extendían por miles y miles de hectáreas a la redonda. Como despedía incesantemente calor y luz, también fue llamado “árbol del fuego”. Quien lograra llegar hasta él para obtener algunas ramas que sirvieran como semillas de fuego, sería un afortunado.
Pero ya habían transcurrido incontables años y nadie había logrado llegar hasta aquel sitio, pues era necesario atravesar mil montañas, cruzar diez mil ríos, recorrer innumerables caminos y tropezarse con diversas dificultades y peligros inesperados. Se dice que varios hicieron el intento pero, desgraciadamente, fracasaron. Los unos, se habían despeñado; otros, se habían ahogado en un río o habían sido devorados por las bestias; otros más, habían muerto de insolación o de frío, e incluso hubo quienes retornaron a mitad de camino, asustados por las dificultades y penalidades.
En aquella época, había un joven conocido por su inteligencia y valentía en todas las tribus. Era muy alto y fornido, como si fuera de hierro; tenía una energía asombrosa, y era sumamente despierto y hábil. Era un experto en tirar al arco, escalar montañas y cruzar ríos, pero, en particular, se distinguía por su nobleza y porque quería traerle la felicidad a la humanidad. Al saber que había un “árbol del fuego” en el Estado Sui Ming, decidió ir allá. A pesar de los fracasos anteriores no vaciló en su firme convicción. A toda costa debía ir por el fuego, para iluminar al mundo y para que los seres humanos tuvieran” calor.
Cierto día, armado de arco y flechas, se despidió de su pueblo natal y marchó hacia el Oeste. Verdaderamente, las dificultades y los peligros eran innumerables: venció a las altas montañas trepando rocas; cruzó los ríos en una canoa hecha con un tronco y a veces tuvo que luchar contra los tigres y las boas. El calor tórrido le quemaba el cabello y la piel, y el frío riguroso le paralizaba las manos y los pies. Muchas veces cayó abatido por el hambre, la sed y la fatiga, pero volvió a levantarse con una tenacidad asombrosa.
Había perdido la cuenta del tiempo y de la distancia recorrida. Pero continuó caminando sin cesar hasta que el sol y la luna se ocultaron detrás de él y la tierra se sumergió en las tinieblas. Mas deseoso de obtener el fuego para la humanidad, continuó marchando a tientas. Cierto día, descubrió de repente una débil luz a lo lejos, semejante a los arreboles en el Este. Cuanto más se aproximaba a ella, tanto más brillaba. Al comprender que había llegado al Estado Sui Ming, corrió con infinita alegría.
Aquí crecía un árbol descomunal y único. Sus raíces entrelazadas, sus nudos intrincados y sus frondosas ramas ocupaban una superficie de casi diez mil hectáreas. Como por arte de magia, todo el árbol despedía un fuego brillante, que resplandecía al igual que perlas y piedras preciosas, alumbrándolo todo. Evidentemente, era el Sui Mu, el llamado “árbol del fuego” que ambicionaba tener la humanidad desde hacía mucho tiempo. El joven se acercó y observó detenidamente de dónde salía el fuego.

En el árbol, había muchas aves semejantes a los buhos que picoteaban el tronco y las ramas. Con cada picotazo, se producían chispas. Mientras contemplaba el espectáculo, el joven imaginó súbitamente un método para producir el fuego. Trepó en seguida al árbol y arrancó algunas ramas. Para hacer un ensayo, frotó una rama gruesa con las pequeñas hasta que, de veras, se produjeron chispas. Entonces, pensó: “¿Será posible lo mismo con las ramas de otro árbol?” Inmediatamente hizo la prueba. Aunque tuvo que hacer un gran esfuerzo, se produjeron chispas que luego se convertían en llamas al frotar incesantemente.
Lleno de alegría, regresó enseguida a su pueblo natal y transmitió el método de producir fuego a los demás, quienes a su vez lo transmitieron a otros. De ahí en adelante, la gente pudo obtener fuego en cualquier momento, sin necesitar del dios del trueno. Al tener el fuego, la gente podía asar o cocinar sus alimentos, calentarse en tiempos de frío riguroso, alumbrar la noche, encender hogueras para espantar a las bestias que intentaban atacar, e incluso, fundir minerales para fabricar armas más afiladas.
Producir el fuego por frotamiento era, en apariencia, muy simple; pero fue un conocimiento obtenido a costa de dificultades e hizo, a partir de ese mismo instante, avanzar a la humanidad hacia la civilización. Para honrarlo, la gente le puso al joven el nombre de “Sui Ren Shi”, que quiere decir “inventor del fuego”.
[Fuente: CRI]
October 1st, 2007 at 10:40 pm
Excelente historia. Nos remonta en el tiempo. ¿En qué libro la puedo encontrar?