El agrónomo Hou Chi

Hubo una mujer llamada Jiang Yuan que era bondadosa y laboriosa. Ya había cumplido cuarenta años de edad, pero no tenía hijos y vivía sola y abandonada.

En una primavera, cuando las golondrinas volaban hacia el Norte, llevó una ofrenda al campo, y rezó, pidiéndole a su dios que le diera un hijo. Después, regresó a casa. En el camino vio que una golondrina volaba y se detenía trinando, seguida por un pichón. En efecto, la madre le estaba enseñando a su hijo a volar y buscar alimentos. Al contemplar esta escena cariñosa y alegre, Jiang Yuan sintió envidia y pensó: “¡Cuan hermoso sería si yo tuviera un hijo mimado!”

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Mientras caminaba, meditaba. Súbitamente descubrió una huella enorme, tan grande, que el dedo pulgar era del tamaño de un hombre. Ocurrió entonces algo muy extraño: Jiang Yuan quiso pasarla, pisando cuidadosamente. Pero, al dar el primer paso, sintió una poderosa corriente de energía que le recorrió todo el cuerpo, haciéndola estremecer. Cuando finalmente regresó, refirió a todos lo sucedido, suscitando muchos comentarios.

¡Es un mal agüero! ¡Quizás te ocurra algún día una tragedia, algo muy fuera de lo común!

Es posible que hayas profanado alguna vez al Soberano del Cielo. De otro modo, ¿cómo podría haberte sucedido algo tan extraño?

Al oír estas palabras, Jiang Yuan quedó en ascuas, preocupada porque le sobreviniera alguna catástrofe.

En un pueblo vecino vivía un anciano conocido por su sabiduría, a quien todo el mundo le consultaba en caso de que ocurriera algo extraño. Ese día, Jiang Yuan, intranquila, fue a visitarlo y le contó lo sucedido desde el principio hasta el fin.

Meditativo, el anciano dijo afablemente:

La golondrina es siempre un ave de buen agüero que anuncia la llegada de la primavera. La escena que viste simboliza mayor felicidad. Una mujer tan bondadosa y laboriosa como tú, jamás podrá tener ninguna desgracia. La huella que pisaste es una señal evidentemente dispuesta por el Soberano del Cielo. A mi parecer, tal vez tendrás dentro de poco un bebé fuerte.

Jiang Yuan se tranquilizó un poco al escuchar estas palabras, pero aún no quedó del todo en paz.

El tiempo voló como una flecha y las golondrinas regresaron al sur. Ese día, Jiang Yuan dio a luz un bebé robusto, lo que provocó otra vez comentarios.

El niño ha nacido de un modo muy extraño y la madre dio a luz sin problemas. ¡Habrá una desgracia!

Causará una gran catástrofe si le dejamos vivir entre nosotros. ¡Debemos sacarlo de aquí lo más pronto posible!

Sin preocuparles el dolor que le causaban a Jiang Yuan, los aldeanos se llevaron a la fuerza al niño.

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Al principio, lo abandonaron en un sendero de la montaña, pues como todas las tardes los rebaños regresaban por allí, estaban seguros que el niño moriría pisoteado.

Cuando el sol estaba a punto de ocultarse, comenzaron a bajar de las montañas los rebaños de bueyes y ovejas, en tropel, luchando por pasar primeros por el sendero. Pero los animales que iban al frente se detuvieron de repente al ver al niño abandonado. Luego, dando mu¬çgidos y balidos, pasaron esquivando al niño. Los que venían, atrás hicieron lo mismo y el niño quedó incólume.

Extrañados por lo que había ocurrido, los aldeanos recogieron al niño para abandonarlo al día siguiente en el bosque. Justamente, esa noche cayó una nevesca. Los copos de nieve danzaban por el aire. Como hacía tanto frío, todos acudieron al bosque y cortaron leña para reparar sus casas y calentarse. Decidieron entonces abandonar al niño en un río helado. Lo colocaron sobre el hielo pero, tan pronto como se retiraron, en el cielo aparecieron cientos de aves que volaban en círculo sobre el bebé. Luego, descendieron y lo abrazaron con sus alas. El niño, que ya estaba congelado, comenzó a llorar, con tanta fuerza que se le podía oír a gran distancia.

Al oír el llanto del bebé, Jiang Yuan sintió que el corazón se le desgarraba. Sin importarle las consecuencias, fue a buscarlo para llevarlo a casa. Bajo estas circunstancias, los aldeanos, perturbados, no insistieron más en su empeño de dejar abandonado al niño. Sin embargo, lo trataron con desprecio y le pusieron el mote de “abandonado”.

El niño fue creciendo bajo los cuidados cariñosos de la madre; al igual que ella, era muy laborioso. Cultivaba con frecuencia semillas de cereales y las observaba detenidamente cómo crecían, brotaban y maduraban. A veces, el mijo que él cultivaba daba granos mayores que el silvestre. En la remota antigüedad, el mijo se llamaba “chi” de ahí que la madre le diera el nombre de Hou Chi. Cuando llegó a la mayoría de edad, Hou Chi desarrolló más su inteligencia, y se volvió más reflexivo y laborioso.

En aquella época, los seres humanos aún no sabían cultivar los cereales, teniendo que vivir de la caza y los frutos silvestres. Por eso, tenían que trasladarse con frecuencia de un lugar al otro y, a veces, debían hacer largos re¬orridos a pie para asegurar la subsistencia. Fuera de eso, corrían el peligro de ser atacados por las bestias o ser envenenados al comer frutas ponzoñosas.

Hou Chi decidió cambiar esa situación con su trabajo y su inteligencia. Esa primavera, fabricó algunos aperos simples; para ello, ató pedazos de piedra o de hueso de buey a varios palos, roturando con ellos una gran parcela. Luego, seleccionó las mejores semillas entre las que había recogido el año anterior y las sembró. Además, llevó las aguas de un riachuelo para irrigarlas. Poco después, apareció una extensión de brotes verdes. Desde entonces, Hou Chi trabajó su parcela con más entusiasmo, desyerbando, irrigando, mulliendo y escardando, olvidándose de las dificultades y la fatiga.

Cuando llegó el otoño, las espigas habían crecido frondosas como las colas de zorro. El sorgo rojo, la soja verde y las grandes calabazas estaban madurando. Todos quedaron asombrados. Cuando saborearon sus calabazas, les parecieron más sabrosas y más dulces que las silvestres; la soja y el sorgo crecían más hermosos que las especies silvestres.

¿Qué ha sucedido? ? muchos preguntaron con curiosidad, rodeando a Hou Chi ?. Todas las primaveras, el Soberano del Cielo le ordena a la tierra que produzca calabazas, frutas y cereales para nosotros, pero nunca han sido tan hermosos y sabrosos como éstos.

Hou Chi respondió serenamente:

Sí. El Soberano del Cielo no solamente nos ha dado qué comer en abundancia, como calabazas, frutas y cereales, sino también nos ha otorgado a cada uno una cabeza y dos manos. Si sabemos emplear la cabeza y las manos, podremos, al igual que él, hacer muchos milagros.

Muchos quedaron convencidos con estas palabras, aunque algunos dudaban, afirmando que seguramente Hou Chi había obtenido las mejores semillas del Soberano del Cielo, pues de otro modo, no podría crear tal milagro. A pesar de estas opiniones, la noticia de que Hou Chi era un experto en la agricultura, se fue propagando ampliamente. Muchos iban a pedirle que les transmitiera los conocimientos sobre el cultivo de los cereales, por considerar que esto era de suma importancia para la vida de los seres humanos. Hou Chi, que era un hombre bondadoso y modesto, le enseñaba pacientemente todo a los aprendices: recoger las semillas, arar la tierra, desyerbar, sembrar y cosechar.

A partir de aquel momento, todos empezaron : a dedicarse a la agricultura. Esto les dio la posibilidad de construir cabañas relativamente sólidas y depósitos para almacenar los cereales. Los seres humanos tuvieron entonces mayor seguridad y garantizaron su subsistencia.

Al poco tiempo, la hazaña de Hou Chi llegó a oídos del soberano, el emperador Yao, quien, como demostración del respeto que le tenía, lo nombró como “agrónomo”. A partir de entonces, mientras trabajaba con la gente, Hou Chi creó muchas nuevas formas de cultivo e inventó numerosos aperos agrícolas. En particular, junto con su hermano menor, Tai Xi, y su sobrino, Shu Jun, domesticó a los bueyes y dio comienzo a la labranza, empleando estos animales. De este modo, alivió el trabajo de la gente y desarrolló grandemente la técnica de la labranza.

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Hou Chi murió después de haber vivido entre 100 y 200 años. Consagró toda su vida laboriosa a la humanidad para que ella pudiera vivir felizmente. Como homenaje, lo sepultaron en un lugar pintoresco, entre montes y ríos. Todas las primaveras, cuando se abrían las flores y se iniciaba la siembra, y todos los otoños, después de obtener abundantes cosechas, hombres y mujeres, ancianos y jóvenes, acudían en masa ante la tumba de Hou Chi, donde cantaban, bailaban y le ofrendaban las flores más bellas así como espigas y calabazas seleccionadas.

[Fuente: CRI]

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