El Dios Gióng

Durante el reinado del rey Hung vivió una mujer que nunca se casó. Una mañana, cuando amanecía, ella salió a su pequeño jardín y, para su sorpresa, se encontró con una enorme pisada, en el medio de la cual había una semilla de tomate.

“Oh, qué grande que es”, se dijo sorprendida. “Semejante huella puede haber sido dejada sólo por un gigante”.

Eventualmente, su curiosidad sacó lo mejor de ella y, dubitativa, colocó su propio piecito en la enorme pisada para comparar el tamaño. Fue entonces que todo su cuerpo se estremeció al sentir una extraña sensación que la atravesaba en oleadas. Al pasar el tiempo, dio a luz un bebé hermoso, al que llamó Gióng.

Ella lo amaba tiernamente y lo cuidaba muy bien, pero cuando el niño tenía tres años, aún no podía hablar, ni sentarse, ni siquiera rodar hacia los lados.

Fue durante esa época que los ejércitos de Ân invadieron el reino del rey Hung. Los depravados intrusos arrasaron aldeas, masacraron a la gente y saquearon el campo. En vano, los valientes guerreros de la nación se sacrificaron para proteger a su amado país, pero las hordas bárbaras se desparramaron más y más por todo el reino.

El rey envió mensajeros por el campo buscando a alguien que pudiera salvar a su pueblo en esta época de peligros. Uno de ellos, a su debido tiempo, llegó a la aldea donde vivían Gióng y su madre.

Cuando la avejentada mujer se enteró del propósito de la visita del correo del rey, bromeó con su hijo: “Oh, mi amor,” le susurró, “tal vez algún día tú, que eres tan lento para aprender a hablar y a caminar, serás lo suficientemente fuerte para salvarnos de los ejércitos de Ân.”

Para su espanto, el niño se sentó y le habló por primera vez: “Madre, por favor, invita al mensajero a que venga a casa”. Luego volvió a callar.

La mujer se encontraba confundida, pero feliz, y se apresuró a lo de sus vecinos para contarles del milagroso acontecimiento. “¿Qué debo hacer? ¿Qué debo hacer?”, preguntaba nerviosa.

Todos consideraron el suceso de lo más notable, y después de mucho discutir un viejo aldeano aconsejó: “Invita al mensajero a tu casa. Así él sabrá lo que quiere el niño”.

Cuando el mensajero entró en la casa, se quedó pasmado y se enfureció. “¿Qué tontería es esta?”, reclamó. “Este es sólo un niño. ¿Cómo te atreves a hacer perder el tiempo al correo del rey con semejante estupidez? Te juro que…”

“¡Silencio!” Gióng habló de nuevo en un tono severo e imperativo. “Dile al rey que mande a confeccionar una armadura y un casco de hierro que le quepa a un guerrero de diez truong de alto. Dile también que debe mandar a hacer una espada de hierro que muchos soldados no puedan levantar, y para cargar este peso, un caballo de hierro gigante”.

La autoridad de su voz fue tal, y tal era el aura que lo rodeaba, que el mensajero supo que el niño no era cualquier mortal. Así que se apresuró hasta el rey para comunicarle la instrucción divina.

El rey ordenó que se juntara todo el hierro de la citadela y que se construyeran poderosos hornos de herrero. Durante mucho tiempo, los herreros y armeros trabajaron usando toda su fuerza y astucia para crear como nunca antes. Los cielos nocturnos brillaban por las chispas de sus yunques, y el aire se llenaba con el repique de sus grandes martillos sobre el metal. Cuando terminaron, doce hombres fuertes no pudieron levantar la espada, y muchos se necesitaron para llevar todos los armamentos al niño Gióng.

Cuando la madre escuchó que se aproximaba la muchedumbre alborozada se turbó. “La tarea de salvar a este país no es un chiste”, reprochó a su hijo. “La multitud que trae lo que pediste se acerca, pero tú aún eres un niño que no puede caminar”.

Gióng se puso de pie y habló. “No te angusties, querida madre. Todo lo que debes hacer es traer tanta comida como yo pueda comer. Entonces verás un cambio”.

La madre preparó una gran olla de arroz que él comió en un parpadeo. Luego otra, y otra más, hasta que la casa estaba desierta de comida. Mientras comía, él niño crecía más y más, y mientras crecía, los vecinos traían olla tras olla de arroz y mucha fruta, carne, y vegetales, para ayudarlo a crecer aún más.

Gióng habló de nuevo: “Madre, debe tener algo de ropa”.

Los aldeanos trajeron vestidos tejidos y prendas elegantes, pero él crecía tan rápido que tenían que agrandar la ropa una y otra vez.

Cuando los soldados y sirvientes del rey llegaron trayendo su preciada carga, Gióng salió de su casa y levantó los hombros. Ante ellos estaba parado un gigante de diez truong de alto.

“Soy el Hijo del Cielo”, proclamó con voz de trueno.

Vistiendo el macizo casco y la armadura forjada con tanta astucia, tomó la poderosa espada y saltó sobre el grandioso caballo. Instantáneamente, éste se llenó de vida y la tierra tembló ante su bufido. Cuando Gióng le golpeó ligeramente los costados con sus tacos, el corcel se encabritó y exhaló llamas y humo. Con un gran salto pasaron por sobre los aldeanos y los campos para dirigirse hacia los ejércitos de Ân.

En poco tiempo ya se encontraban entre el enemigo en su campamento del bosque. Poderosos eran los golpes de la hoja de Gióng, que centelleaba como relámpagos, asesinando a sus adversarios por manadas. Golpeó una y otra vez, y su terrible caballo exhalaba fuego sobre las tiendas y chozas de los Ân, convirtiéndolas en piras resplandecientes. Un gran miedo había en los corazones de los bárbaros.

El general Ân incitaba a más y más hombres a entrar en la pelea, pero con cada nueva oleada que se acercaba, Gióng se volvía más fuerte.

Tan seguidos y poderosos eran sus golpes, que incluso una hoja forjada por los más grandes herreros del país no podía resistir. El glorioso acero se quebró por la empuñadura. Sin pausa, Gióng arrancó un macizo bambú de la tierra y atacó a sus adversarios aún con más furia.

Se les quebró el espíritu y huyeron. El vengativo Gióng los persiguió hasta que hubo asesinado al general y los pocos restantes se hubieron humillado ante él. En medio día Gióng había conquistado a los invasores.

Cuando concluyó su tarea, el dios guió a su caballo a las montañas Soc. Ahí puso la armadura de hierro y el gran casco de guerra a un lado, y golpeando suavemente sus tacos contra los costados del feroz corcel, voló hacia los cielos.

Hoy, rastros de las marcas de los cascos de la maravillosa bestia permanecen como estanques en las aldeas de Kim Ang y Da Phúc, que están situadas en las montañas Soc. También existe una aldea llamada Làng Cháy (Villa Quemada) que, la gente dice, está cerca de donde Gióng y su feroz corcel infligieron su venganza contra aquellos que perturbaron la paz de la patria.

Leyenda vietnamita

[Fuente: Revista Seda]

9 Responses to “El Dios Gióng”

  1. jazlima Says:

    Me gustaría que dejaran sus comentarios acerca de este post; si es muy largo y hubieran preferido que lo publique en dos partes, si debería agregarle imágenes, el hecho de que es de Vietnam (y no Japón, China y Corea) o cualquier otra cosa que se les ocurra.
    Gracias.

  2. mata82 Says:

    Creo que no se puede publicar en dos partes… para mi esta bien

  3. lavidaessuenio Says:

    Estoy de acuerdo con Mata, asi esta muy bien y la leyenda es muy bonita. Como la página es de cultura oriental, el hecho que sea de Vietnam no cambia nada. Mis felicitaciones!

  4. jazlima Says:

    Arigatou!

  5. hukes Says:

    Si es para dejar en suspenso la historia, dos partes estarían bien (aunque prefiero leer todo de una sola vez). Si la divides en dos posts consecutivos sin espacio de tiempo, entonces no tendría caso. A mi me pareció bien que quedara todo en un sólo post.

    ¿Imágenes? No son esenciales para esta historia, la imaginación es suficiente y sirve que la ejercitamos.

    Me encantó la historia. Nunca la había escuchado. Pobre mujer, su hijo se le fue. Por más dios que fuera, seguía siendo su hijo.

  6. jazlima Says:

    Gracias Hukes, será tenido en cuenta para próximos posts.

  7. cable369 Says:

    Una vez más me sorprendiste jazlima, me gusto mucho la leyenda. Como ya mencionaron estuvo bien que lo hallas dejado en un solo post, si la historia fuera más extensa hubiera valido la pena dos.

    Respecto a las imágenes hukes esta en lo correcto respecto a la historia la imaginación es mejor, cada uno crea su propio Gióng, personajes y ambiente. Tal vez sea mucho pedir, pero me gustaría que las imágenes en futuros mensajes sean de las aldeas o lugares relacionados =) ahi si mi imaginación no esta muy bien entrenada..

    Buscare en tus anteriores mensajes sobre Vietnam, para poder imaginar con más bases =p

  8. IxcheL Says:

    Es extenso Jaz ciertamente pero sabes quien le gusta leer y se precia de leer cosas en la Internet lo leerá no lo dudes a veces 2 partes se pierde la continuidad no le falta ni le sobra.

    Interesante leyenda me alegra leer algo de Vietnam.

    Saludos Jaz. En breve me pongo en contacto para armar lo de Argentina.

  9. jazlima Says:

    Saludos!

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